Las plantas incapaces de asociarse a los microorganismos (en concreto unas bacterias llamadas "Rhizobium") tienen que apañárselas con el nitrógeno que hay en el suelo, que no siempre es el suficiente para crecer y fructificar en condiciones. Las leguminosas sin embargo pueden crecer en suelos más o menos pobres y aumentar su fertilidad. Además, al tener a su disposición más nitrógeno pueden fabricar más proteínas que una lechuga, una tomatera o una planta de maíz por ejemplo.
Pechugas, lomos y solomillos, huevos y leche tienen una importante proporción de proteínas en su composición. Esas proteínas las pueden conseguir los animales pastando en el prado (o picoteando bichillos, en el caso de las gallinas), pero con eso les da para mantenerse ellos y una escasa prole. Para ayudar al ganado a producir algo más el hombre le ha dado una ayudita en forma de legumbres: algunas de uso compartido como guisantes, habas, almortas o altramuces y otras solo para los animales que suenan ya hasta exóticas como la veza, los yeros, los titarros y las alholvas.
Mientras en Europa y en España se intentaba salir a duras penas de las consecuencias de la guerra, en Estados Unidos desarrollaron los sistemas de ganadería intensiva, que permitían alimentar de manera rápida y barata a la población. Y precisamente uno de los pilares de este tipo de ganadería es la soja, componente indispensable, aunque no mayoritario, de la mayoría de los piensos. Así que no solo nos vendieron la manera de producir sino que además crearon el mercado para la soja que producían. Todo esto sigue más o menos igual desde entonces, ya que la tremenda demanda de alimentos de origen animal de nuestra sociedad actual parece que sólo se satisface gracias a las granjas intensivas. Lugares en los que a las vacas, cerdos, pollos y gallinas la comida se les sirve ya preparada, pensada y repensada, vitaminada y mineralizada, y con los aditivos necesarios para que los animales crezcan o produzcan sanos pero rápido.
Pero volvamos a Argentina, el tercer productor mundial de soja tras Estados Unidos y Brasil. Desde que comenzó su exportación en los años sesenta, este cultivo se ha ido convirtiendo en su particular "oro verde". España necesita unos cuatro millones y medio de toneladas de soja, de los cuales aproximadamente la mitad se los compra a Argentina, así que la tentación de cancelar las importaciones de este producto como respuesta a la nacionalización era grande. Argentina se puede buscar mercados alternativos, pero España llevaría las de perder así que de momento la pataleta ha quedado en un decreto que apoya la producción de biodiesel europeo.
Como he dicho antes la legumbre de soja tiene un contenido apreciable de aceite a partir del cual se obtiene el biodiesel, combustible que muy poco a poco se va haciendo un hueco en nuestras vidas. Parece ser que también importamos el biodiesel a Argentina, porque resulta mas barato que producirlo aquí. Lo gracioso es que seguiremos dependiendo de la energía - para movernos a nosotros mismos y a nuestras maquinas - contenida en unas legumbres de soja cultivada a miles de kilómetros de distancia.
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